Memorias de un amor perdido
- Ana Hernández
- 31 may 2016
- 4 Min. de lectura
No siento nada. ¿Qué pasa?¿Qué ha pasado? No recuerdo.
Sé que me llamo Adela, sé que tengo veinte años, se que estoy enamorada. Desde que nos visitó Prudencia aquella tarde de verano todo está muy nublado, mas voy a intentar recordar.
Era ya oscuro y Prudencia, una amiga de Madre, nos había venido a visitar para comentar sobre la vida de cada una y sobre la inminente boda de Angustias con Pepe el Romano. Mi Pepe... ante los ojos ajenos sé que nuestro amor es pecado, pero yo a él negarme no puedo, le quiero y él me quiere a mi, si... me quiere a mi.
Estábamos todas a la mesa y la charla trivial que mantenían las dos mujeres estaban acabando conmigo. Me dispuse a ir a beber un poco de agua, cuando Madre me interrumpió para preguntarme sobre mi destino. Ante mi respuesta, alzó la voz pidiendo una jarra de agua fresca y me ordenó que me sentase.
Arrugué la cara y me senté sin decir más. Mientras hablaban sobre la pedida, no pude evitar hacer algún que otro comentario algo fuera de lugar, intentando hacer rabiar a Madre hasta el punto en que me echase de la habitación.
Sonaron las últimas campanadas y Prudencia se marchó.
-Ya hemos comido- dijo Madre, mientras acomodaba la falda sobre las piernas.
Levantándome de la mesa, comenté que quería salir un rato a estirar las piernas al patio. Amelia y Martirio decidieron acompañarme.
Qué harta estoy de ellas, piensan que no sé cuidarme sola, pero si, les aseguro que lo sé muy bien.
Refunfuñé y salí con mis dos vigías detrás. Al volver, vimos a Magdalena durmiendo y a Madre hablando con Angustias. Sobre Pepe, supongo.
La noche estaba maravillosa, las estrellas inundaban el cielo y lo llenaban de una magia hipnótica. Estaba junto a la valla del corral, todas se habían ido a dormir. Era tarde, muy tarde, pero ¿el amor tiene hora acaso?
Minutos después de pensar aquello, sentí una caricia a través de las verjas y no pude evitar sonreír.
-Espero no haber llegado demasiado tarde, pensaba que dormías.- Me susurró.
Mientras le abría la puerta, reí en voz baja. Le dejé pasar una noche más entre mis brazos, sintiendo cada uno las caricias del otro, el calor, el amor... Pepe me quería, me quería a mí y no a Angustias. Estaba con ella solo por el dinero, pero en su cama me quería a mí, a mí y a nadie más.
-Adela...¡Adela!
No sé cuánto rato habíamos pasado juntos cuando escuché la voz de Martirio a través de la puerta, llamándome.
Me vestí un como pude y salí, algo despeinada.
-¿Por qué me buscas?
-¡Deja a ese hombre!
-¿Quién eres tú para decírmelo? -Fruncí el ceño
-No es ése el sitio de una mujer honrada.
-¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo! -Le dije, incriminándola.
Ante la amenaza, alzó la voz. La ira hacia ella empezó a crecer aún más en mi.
-Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así. -Dijo.
No pude aguantarlo más. Se acabaron las mentiras, se acabó el ir escondiéndose. En ese momento la verdad estuvo al descubierto y no valía la pena seguir mintiendo.
-Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.
Me replicó que ese hombre no era mío, que me había atravesado. ¿Y ella no lo hubiese hecho de haber podido? Por supuesto que sí, sin duda. En un arranque de desesperación, intenté abrarzarla, intenté hacerla ver que no era culpa mía, que no había decidido enamorarme de aquél hombre, pero ella no quiso mis explicaciones.
Al sentirme rechazada por mi propia hermana, intenté volver con mi amado, pero ella se puso en mi camino. Forcejeamos unos minutos antes de que se le ocurriese la peor idea del mundo. Llamó a Madre.
Toda la casa se despertó y vinieron corriendo a ver lo que sucedía, haciendo que Madre interviniese en nuestra pelea.
-Quietas, quietas. -Dijo entre gritos. Sus ojos ardían en la furia que la invadía.- ¡Qué pobreza la mía, no poder tener un rayo entre los dedos!
-¡Estaba con él! ¡Mira esas enaguas llenas de paja de trigo! -Le dijo, cual correveidile.
Madre me miró de arriba abajo, iracunda, escupiendo la furia que la invadía.
A partir de aquí, todo está muy difuso. Sé que me regodeé delante de Angustias, recuerdo que me agarró y que, de pronto, sonaron dos disparos.
Me puse blanca, el miedo me invadió por completo, y la tristeza acabó conmigo cuando escuché a Martirio decir:
-Se acabó Pepe el Romano.
Salí corriendo, sin pensar en nada más que en Pepe, en que ya no iba a estar más a su lado, que no me podría querer ni podria quererlo más, que quería estar junto a él de nuevo.
Mientras pensaba todo esto, ya tenía la soga al cuello. No me lo pensé dos veces, sin él...
Ahora me veo desde fuera, mis hermanas lloran pero mi madre no. No esperaba que lo hiciese. Aunque lo que no entiendo, es que no veo a Pepe, ni lo siento.
Supongo que lo debo seguir buscando por el resto de la eternidad.
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